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Natalia Espinosa y el maravilloso Perro de Loza

Natalia Espinosa y el maravilloso Perro de Loza

La artista en su taller, acompañada de su mascota, restauraba una plomada parte de su última muestra sobre la memoria de los espacios demolidos. El Perro de Loza ya es un referente del arte en Quito.

A la artista ecuatoriana Natalia Espinosa la cerámica le sirve para expresarse y hablar. En su última muestra ‘Esto será demolido’, presentada en noviembre pasado, en la Galería N24, su mensaje recaía sobre la memoria. Era un gesto simbólico a varias casonas construidas entre los años 1950 y 1970, que no cuentan con una protección legal y que por el crecimiento de la ciudad están siendo demolidas.

 

 

Ya son más de tres años desde la primera vez que llegué a su taller. El Perro de Loza, su espacio de producción, ha crecido al igual que sus plantas. Un hermoso jardín de enredaderas es el abrebocas del lugar. El túnel de plantas invita al jardín posterior de la casona ubicada en el barrio La Floresta, lugar seleccionado por la artista para producir y crecer. Esa mañana la encontré arreglando un detalle en una plomada cilíndrica que era parte de las piezas de su última muestra. Los elementos arquitetónicos y los patrones con los que está trabajando Natalia me llevaron a conectar aun más con su obra. Sobre una de las gradas, a manera decorativa y entre las plantas un bloque calado había sido rescatado. Antes de sentarnos en una de las mesas del jardín preparó un café. Mientras lo preparaba me indicó parte de su taller, que también funciona como galería. Es imposible no maravillarse con cada detalle de todo el trabajo que este tiempo ha venido construyendo. A más de todas sus piezas de cerámica un par de móviles volaban por los aires.

Natalia formó parte de la primera generación de arte de la Universidad Católica. Continuó su formación en el departamento de cerámica en Gerrit Rietvelt Academie de Amsterdam. Tiene un masterado en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina.
En su taller el horno es un elemento importante. El fuego tiene la última palabra, tanto en el bizcocho como en el acabado final. Su continuo contacto con los otros elementos como la tierra y el agua y su sensibilidad para crear con el viento hacen que el trabajo de Natalia contenga mucha carga energética. En su vida diaria plantar y nadar son dos de sus prácticas favoritas.

En su taller un cactus gigante crece en una de sus macetas de formas y patrones. En una de las esquinas un sapo al acecho, un conejo en pleno salto y un cerdo vago cuelgan del techo. Todo esto sólo pasa en el mundo de Natalia Espinosa, del Perro de Loza.

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La mirada espejada de un universo verde

La mirada espejada de un universo verde

Por: Caro I.
Fractales no se puede explicar por medio de las teorías clásicas, fenómenos naturales, interpretados desde una visión arquitectónica, incluso matemática. Este orden, espejado, de la naturaleza, con su inmensa belleza, se deja capturar por el lente con precisión y sensibilidad. El trabajo artístico se plasma en formatos nuevos: ideas concebidas a partir de la exploración del mundo desde un lugar muy personal: viajes y vivencias que se cuentan, se entretejen y se reflejan entre ellas.

 

 

 

 

 

El valor infinito de traer hasta aquí la paz que habita en los lugares que no han sido tocados por el caos de la ciudad, con pulcritud y armonía, haciéndonos sentir que habitamos, por un momento, esos lugares, y de conmovernos con la idea de que lejos de nuestra realidad habitan miles de pequeñas cosas, que vistas de nuevos ángulos nos muestra lo que en realidad son: muy grandes. Es volver a la emoción y salir por un momento del concreto de nuestros días.
El color, la idea de que podemos sumergirnos en estas imágenes como en esas de los libros de ilusiones ópticas me recuerda a mi niñez. Asombrarse una vez más con el poder de la naturaleza: toda su magia esta ahí, en la piel de una hoja infinitamente multiplicada. De pronto ya no es sólo el reflejo infinito de todas estas imágenes, sino perderse en sus centros sutilmente absorbentes, y verse reflejado uno mismo, la propia piel infinitamente multiplicada.

 

 

 

 

 

Por: Estefania C – Lifestyle KIKI
La naturaleza estuvo aquí mucho antes que nosotros. Su sabiduría es de innumerables vidas, y su conocimiento es tan amplío como la cercanía que podríamos tener a ella si nos brindamos la posibilidad de de acercarnos. En silencio, con calma y explorar aquello que damos por sentado para darnos maneras de dialogar con ellas. Fractales es una conversación íntima que invita a sensibilizar sobre aquello que normalmente no observamos; para llevarla a espacios ilimitados. Como un recordatorio de lo que nos rodea, lo que damos por sentado… y brindarnos la oportunidad de explorar, aunque sea por instante, la belleza de sus infinitos tejidos.

 

 

 

 

 

Por: Peter Ronquillo – El Nodo Gye
Edgar crea con Factales otra dimensión, una puerta que nos permite conectarnos con la tierra y la naturaleza. Puede ser el momento más importante de nuestra existencia, para darnos cuenta de lo alejados que estamos de la naturaleza, así como saber que tenemos la oportunidad de traspasar por un nuevo portal y convertirnos en la voz de la madre tierra. El ritmo, la sensibilidad y la fragilidad son expuestos de manera muy acertada y sencilla, donde su estética arquitectónica y su propia historia se ve reflejadas en cada detalle.

 

 

 

Por: Camila M.
Una mirada desde la perfección de lo geométrico y lo sagrado.
La fragmentación y composición de cada una de las imágenes no solo invita a la contemplación sino a la indagación personal que nos permite como espectadores re interpretar el sentido de la naturaleza a través de la mirada del artista. Estas imágenes de hojas transformadas sugieren un sinfín de posibilidades a través de texturas y colores. Evocando sensaciones por medio de imágenes casi psicodélicas que demuestran lo perfecto y lo esencial de la naturaleza.

 

 

 

 

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Oswaldo Páez Barrera, la crítica en el pensamiento y la sensibilidad

Oswaldo Páez Barrera, la crítica en el pensamiento y la sensibilidad

Entre sus proyectos académicos actuales como docente e investigador de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central del Ecuador están: el fortalecer la autenticidad de los ecuatorianos a través de un replanteamiento de la línea ecuatorial y su franja, así como desarrollar un mapeo de información georeferenciada de los centros históricos de Quito, Cuenca, Latacunga y Manta, buscando con ello verificar posibles trazados precoloniales de estas ciudades, borrados o ignorados por las falsas bondades del colonialismo.

La primera conversación que tuve con Oswaldo Páez Barrera fue cerca del patio central de la facultad en la cual se graduó y hoy dicta las materias de Teoría e Historia de la Arquitectura. La mañana del 27 de octubre tuvimos una larga y distendida charla cubiertos bajo uno de los techos de los corredores del edificio, en la cual me comentaba sobre los mencionados proyectos de investigación que tiene en marcha.

Con un PhD en Teoría e Historia de la Arquitectura y con un Master en Historia, Arte, Arquitectura y Ciudad otorgado por la Universidad Politécnica de Catalunya, Oswaldo ha desarrollado sus especialidades aplicándolas a la crítica del arte, de la arquitectura, la ciudad y los territorios, desde posiciones contemporáneas y polémicas. La mayoría de sus publicaciones versan sobre estos temas. Por ejemplo, su libro: X bienales, XX momias y XXX dólares, (UISEK, 2012) es un compendio de ensayos y artículos analíticos sobre las 11 primeras bienales internacionales de arte que se realizaron en Cuenca y que entregan al lector la única versión contestataria de ese evento. Este libro, años posteriores, fue censurado.

El siguiente encuentro con Oswaldo fue para admirar sus pinturas y dibujos que cuelgan de las paredes de la Quinta Huasipungo, ubicada en Guápulo, Ecuador. La casona fue adquirida por el artista luego de ser la sede de la Embajada de Bélgica. El inmueble, fue construido en el siglo XIX en un estilo neoclásico mestizo, se encuentra patrimonializada y atesora intactas su materialidad y espacialidad.

Mientras conversaba con el artista los olores se deprendían de la cocina. En el lugar los jarrones estaban llenos de flores frescas y las paredes de la casona cubiertas por una poderosa colección de dibujos y pinturas que dan cuenta de la sensibilidad antisistémica de su autor.

Sobre algunos de los carteles que conserva en su colección, me decía Oswaldo, fueron parte de la producción iconográfica de los años setenta, cuando formó parte del movimiento comunista del cual fue expulsado por discrepancias ideológicas. Recuerda, con una sonrisa irónica, que en esos años las infiltraciones del enemigo llevaron a que los grupos de universitarios izquierdistas se enfrentaran entre ellos, mientras los poderes dominantes seguramente se reían.

El recorrido de su casa es la recopilación de parte de su producción artística. En las áreas sociales se exhiben cuadros con fuertes trazos contrastados con una intensa paleta de azules. En los lugares más íntimos las paredes contienen obras que representan los paisajes urbanos de Cuenca y también autorretratos realizados por el artista en varios momentos de su vida. Junto a sus pinturas se puede ver caricaturas de viejos amigos y cuadros de colegas cercanos, todo ello reflejando la sensibilidad y el pensamiento social y político de Oswaldo Páez Barrera.

El patio andaluz de la casona revestido con baldosa hidráulica, tiene una pileta en el centro desde donde los pájaros toman agua. A pocos metros una sala, detrás de un ventanal por donde pasa el sol y se ve la cúpula y espadaña de la iglesia de Guápulo, nos dispusimos a conversar sobre su vida y su obra. En su producción pictórica, como en sus publicaciones, existe humanidad, una conciencia solidaria, igualitaria y libertaria. Para Oswaldo, la mayoría de la gente no merece la situación en la que vive, él piensa que es posible un nuevo país en donde primen la justicia y la libertad.

Su casa, rodeada de plantas, jardines y árboles patrimoniales la comparte con su esposa, la abogada Ximena Vintimilla Moscoso y las dos hijas: Carmen y Laura. El ingreso frontal a la Quinta Huasipungo –nombre del lugar desde el s. XIX– es por la calle Leónidas Plaza y su desnivel en la parte posterior que se abre hacia el río Machángara permite entrar desde la Av. De los Conquistadores. Este lugar es un sitio privilegiado por la vista hacia los valles y el paisaje que le rodea. En el camino de entrada, Oswaldo ha colocado una serie de esculturas que replican obras de las culturas Jama Coaque, traídas desde La Pila y que fueron ubicadas en los arcos de medio punto de uno de los grandes muros de contención que tiene la Quinta.

En el área privada, las habitaciones están conectadas a una terraza techada que permite mirar hacia el cerro Auqui y hacia el jardín posterior de la casa, adornada con otra pileta de piedra junto a la palmera registrada por el Municipio como la más alta de la ciudad.

Los jardines de la parte posterior albergan una pequeño estudio, separado de la casa en donde Oswaldo pinta. Un tríptico de gran formato, aun en proceso revela los trazos actuales del artista.

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El mundo de Ralex y su realidad al pintar

El mundo de Ralex y su realidad al pintar

Varios cerdos que también había visto en las paredes de las calles de Sangolquí estaban en su taller y su habitación. La experimentación de técnicas y soportes, alejados de la academia hacen particulares a sus pinturas. Sus personajes sacados de revistas, periódicos y viajes en el bus están cargados con nostalgia por crecer y mucha psicodelia.

Había pasado un minuto luego de la hora mágica. Un grupo de globos atados cargados con helio se elevaban hasta el infinito.

Estaba en Sangolquí en el tercer piso de una casa familiar. Alex Tapia, más conocido como Ralex me conducía hasta su espacio de trabajo. Su padre miraba la televisión en planta baja. Los cuadros del artista decoraban el lugar: la sala, las gradas y otros espacios estaban cargados con sus trazos.

Co fundador del Colectivo Fenómenos, Ralex, lleva más de 10 años pintando en la ciudad. Su formación alejada de la academia le ha permitido experimentar con exceso de realidad y libertad.

Sin prototipos, ni simbolismos, ni estereotipos. En su taller, apiladas a las paredes, muebles y mesas se encontraban varios cuadros con trazos que marcaban el tiempo y proceso de producción del artista.

‘Mira lo que quieras’

– me decía.
Con su consentimiento empecé a remover las obras para poder fotografiarlas. La cercanía de los mensajes y los personajes me relacionaban directamente con escenas cotidianas: de calle, de ciudad y de exceso de placeres.

Entre ellos algunos personajes cargados de psicodélia eran parte de la serie que había pintado hace poco. Los dibujos algunos apoyados con palabras complementaban y reforzaban el mensaje.

Un díptico con cabeza de Robocop y un cuerpo tatuado lo descontextualizaba de las escenas hollywodenses.

Una serie pintada sobre fotos Polaroid no se despegaban de la cotidianeidad y la nostalgia de crecer.

Su habitación ubicada junto a su taller también guardaba pequeños tesoros como Orange, un tigre descuartizado a manera de alfombra que decoraba el lugar.

Un Cubo Rubik pintado por Ralex parecía repetir varias veces los rasgos de su autoretrato, temática que ha venido trabajando a través del tiempo.

Algunos personajes lo acompañan cerca de su armario.

Me había recorrido los rincones de su espacio. Antes de salir Ralex sacaba de un mueble un grupo de grabados y aguafuerte que había venido trabajando hace meses junto a una amiga que vive cerca de su casa.

Los trazos de Ralex en blanco y negro se asemejaban mucho a sus pinturas.

Mientras tanto, el hombre del tiempo anunciaba el final. La vida no tiene formatos ni desperdicios, pensé.

 

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Rafael Racines Cuesta, el investigador de fotografías históricas

‘Mi trabajo es un legado a la juventud. La fotografía no es pura curiosidad: es lección. La fotografía no es farándula: es un testigo fiel de una realidad y hay que darle ese valor’.

Su colección de fotos la empezó en las afueras de los cines de Quito. Rafael Racines Cuesta recuerda que desde joven tuvo el gusto de comprar fotografías a los carameleros y chocolatineros que se ubicaban en las puertas de los establecimientos. Su interés por la investigación, los registros históricos fotográficos y las caminatas a lugares poco conocidas, pero tradicionales, le llevaron a convertirse en un referente, no solamente en los medios digitales de la ciudad, sino también, en lo más importante para Racines: en la gestión del campo cultural.

Tuve el gusto de encontrarme con Rafael en la cafetería del Centro Cultural Metropolitano. Muy cerca del corazón de la ciudad: La Plaza Grande. ‘Tu tienes que aprender a hacer organizado’- me decía Rafael. ‘Una diaria, una diaria todos los días. Yo no tengo ninguna desesperación de los likes, ni de ninguna pendejada, discúlpame que te diga, yo a mi edad ya no estoy para estar en eso’ – me decía efusivamente refiriéndose a su estrategia digital. Actualmente su comunidad: Quito, de aldea a ciudad, en Facebook llega casi a los 20K seguidores.
‘Si te dedicas a hablar de historia: hablas de historia, de memoria, de identidad y de las falencias de la ciudad. De los errores que cometemos. Cuestionar hace que no solamente te conviertas en un referente en las redes. Eres un referente en la ciudad y de la sociedad’
La segunda vez que vi a Rafael fue mientras participaba en un conversatorio en el Salón Máximo de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central. Con un salón completamente lleno recordaba con nostalgia el agua que bajaba desde los deshielos del Pichincha, la misma que pasaba a través de La Chorrera hasta la Plaza de San Francisco y la Plaza de la Independencia. Cuando Racines habla de Quito se lo escucha cómodo y confiado. Su fresca memoria le permite recordar vivencias de su infancia.
Su padre, mecánico, y su abuela fueron los encargados de enseñarle de la mano la ciudad. Los dos habían crecido en barrio de San Roque. ‘Yo se lo que es vivir 8 hermanos en un mismo dormitorio. En nuestro tiempo del Quito antiguo había un solo servicio higiénico para 10 familias y las mamás se turnaban para dar la limpieza del excusado. Eso eran los hogares de los quiteños. Es una realidad de Quito que quiere ser olvidada.
Obtenido del archivo de Quito, de aldea a ciudad. El quiteño de verdad allá por los 1940s, 50s y 60s, era el que se aventuraba con la jorga de amigos y amigas de barrio, a buscar moras, tacsos, manzanas silvestres, nigüas, zambos y más en los bosques y quebradas (hoy inexistentes) de la ciudad.
Rafael Racines nació el 28 de mayo de 1950. Cursó varios años para conseguir una licenciatura en psicología industrial que no concluyó. Para él su trabajo es el fruto de las vivencias de su niñez. Actualmente su circulo de amigos está conformado por: historiadores, arquitectos, trabajadores sociales, antropólogos, jóvenes estudiantes y aficionados de la ciudad.
El camino de Rafael da inicios en 2012 cuando fue invitado a una entrevista hecha por Sami Ayriwa en TV Pública sobre su video que aun está colgado en Youtube llamado: El Quito de los olvidados. En 2013 inaugura su cuenta en Facebook: Quito, de aldea a ciudad. ‘Entre el 2015 – 2016. Fue cuando empecé a salir con los jóvenes de las universidades. Las redes sociales me permitieron conectar con más personas para realizar caminatas. En el año 2017 entré a El Censo por primera vez. El Censo era un sitio temido y logré llegar con 450 personas. Tampoco nadie hacía caminatas a la Chorrera por miedo a la delincuencia, la última vez que fuimos llegamos con 350 personas. En el 2017 hice 11 caminatas en los 11 meses del año. Previo a las caminatas dábamos una charla con fotos e información del lugar y les preparábamos haciendo una confrontación del pasado y del presente’- me comentaba Racines.
Texto de RRC: La modernidad nos entrega una nueva ciudad que es la que heredamos a nuestros hijos, ciudad que tenemos que cuidarla y enseñar a cuidarla…pero esto no es obstáculo para recordar la que se nos fue.
La confrontación de fotografías es un buen ejercicio para ver ver como la ciudad va cambiando. Rafael recuerda alguna vez haber pasado siete horas mirando una misma foto. Para él observar va más allá de apreciar. Es la capacidad de poder reconocer e interpretar lo que las otras personas no ven. Su conocimiento en cuanto a la digitalización de archivos nace un día cuando conectó un tocadiscos de carbón a la computadora.
En el lapso de veinte años ha logrado recopilar alrededor de 70 000 archivos de música entre: 20 000 boleros, tangos, música ecuatoriana tocada en el órgano de la Iglesia de San Francisco, música gospel; en inglés y en francés. Reconoce Rafael la importancia y el potencial que tuvo a partir de eso la computadora y reconoce sus limitaciones, ‘pues su generación no nació con la computadora bajo el brazo’.

 

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Yo sólo se tejer

Yo sólo se tejer

La columna vertebral de una mujer estaba partida en dos. Crecía junto a las plantas y le resaltaba el rojo. Pamela Suasti aprendió a tejer a los 15 años junto a su madre y ese día tenía a su ‘Alma’ en el hombro. Un traje hecho de hilo en crochet que le cubría completamente el cuerpo y le tomó un año hacerlo. Luego de experimentar la pintura, el arte instalación y otras técnicas, descubrió en el tejido su camino para comunicar. Una continua e intensa producción ha desencadenado en Pamela una tendinitis en su brazo derecho y una distonia del escribano en su otra mano. Es un temblor en la mano cuando escribes’ –me decía.

En su dormitorio que usa para crear, cuelgan las lanas de fibras naturales. Hilo de chillo que proviene de una planta que según Pamela le otorga el nombre al Valle de los Chillos. Lanas de colores a las que Pamela diferencia con solo verlas. Se las siente entre el algodón y el acrílico. Entre oveja o alpaca. La hilada a mano o la que es teñida artesanalmente. Se debe sentir de cerca eso de girar en espiral el material para entender como los nudos se entrecruzan unos con otros. Suasti aprendió a hilar, torcelar, teñir y otros procesos en Perú. ‘Voy coleccionando las lanas solo por su color o características’- decía.

Desde 2015 en adelante Pamela ha sido llamada por el hilo rojo. Su ilustración se complementa con el bordado. Una serie de doce piezas de auto retratos en los que Pamela trabaja solamente con el hilo rojo. Sus ilustraciones brillan con los nudos sobre el papel del intenso rojo. Auto retratos de la artista y sus pasatiempos que le sirvieron de terapia, están atravesados con los nudos, al igual que las serie: ¿Qué habré hecho yo?. Siete cartas de amor inspiradas en un dolor emocional que le causó una relación pasada. Mensajes de texto que ahora están cubiertos o tachados. Palabras de dolor que Pamela debió haber leído una y mil veces mientras con paciencia las bordaba. Es como tratar de anular todas esas palabras. ‘Transcribir lo que el man me decía, si fue un poco denso’.Para la artista el rojo comunica de una mejor manera: la intimidad y la tristeza. Existen leyendas del hilo rojo que nos dicen que estamos conectados como una red gigante. ‘La vida tiene la forma de un tejido gigante, posiblemente’- me decía. De su armario sacaba con cuidado la ‘Carta de amor’. Una instalación que había tejido sus hilos a un corazón hecho de tela, que lo había puesto en el piso y había tensado los hilos con alfileres al corazón. La carta repetía la frase: ya no quiero sentir este hueco en el pecho que me desgarra el alma. Según Suasti el dolor le ha permitido conectarse con más personas que se identifican con sus procesos.

Una señora que no sabía leer ni escribir le había dicho a Pamela: ‘yo no se hacer nada, solo sé tejer’. Eso le inspiró para nunca más dejar de tejer y para llevar tatuado una madeja en la piel.

 

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El barroco resguardado en las paredes del Carmen Alto

El barroco resguardado en las paredes del Carmen Alto

El monasterio del Carmen Alto se fundó en 1.653. No fue hasta 2008 que parte del claustro se adaptó para abrirlo al público. Actualmente la reserva del museo es dirigida por Noralma Suárez, quien es la encargada de preservar y resguardar los bienes patrimoniales pertenecientes a las hermanas Carmelitas Descalzas. Los bienes le fueron entregados al museo para su custodia y su gestión.

Estábamos en el interior de una de las habitaciones del Museo del Carmen Alto, perfectamente adecuado para resguardar las colecciones del convento. Luego de colocarse unos guantes, Noralma abrió las puertas de seguridad girando una gran rueda en el sentido de las manecillas del reloj. Las puertas se abrieron y las cajas que contenían el pesebre quedaron a la vista.

“A lo largo del tiempo, generaciones de religiosas de la orden de las Carmelitas Descalzas han enriquecido el pesebre conventual gracias a su devoción y a sus destrezas manuales. Alrededor de 300 esculturas de madera conforman el pesebre. Hay figuras, flores, delicados ropajes para vestir las imágenes y por supuesto el ajuar del Niño Jesús. La construcción del pesebre es una tradición iniciada en Italia por San Francisco de Asís en 1.223 con el objetivo de hacer más comprensible el misterio del nacimiento de Cristo.

Con cuidado, Noralma sacaba una de las cajas que contenía parte de la serie. Al abrirla, pequeñas esculturas de madera, protegidas con esponja, retratan personajes costumbristas de la ciudad. Una señora, golpeada por su esposo borracho, llamaba la atención; estos personajes hacían parte del Belén, así como también acciones cotidianas con personajes cargados de representaciones raciales.

En el mundo conventual femenino el levantamiento de pesebres fue asumido con devoción. El Carmen Alto no fue la excepción. Según crónicas del siglo XVIII, las Carmelitas Descalzas se destacaron por sus habilidades para elaborar figuras de marfil y madera, flores de tela y vestimentas, principalmente el ajuar del Niño Jesús. El Belén Carmelita está conformado por 300 piezas que datan principalmente de los siglos XVIII y XIX.

Su estrecha relación con el pesebre convirtió a estas piezas en objetos cercanos a las mujeres que frecuentaban los espacios en donde estaban colocados. Según Noralma estas piezas formaban parte de la cotidianidad del convento, se volvían objetos utilitarios. Por ese motivo y debido al desgaste, las piezas han sido intervenidas año tras año por las monjas, hasta que fueron entregadas al museo, acumulando así capas de pintura en las esculturas y trazos del tiempo en los trajes de los diferentes personajes.

Dependiendo de la jerarquía las figuras cambian de tamaño. Algunos tenían finos vestidos que brillaban por el reflejo de la luz. Otros tenían superficies realizadas con láminas de pan de oro y pintura, lo cual les daba un brillo particular. Impactaban sus ojos de vidrio. Todas las figuras son piezas originales realizadas en 1.700.

Textiles, documentos, pintura de caballete, esculturas, orfebrería, objetos utilitarios, entre otros, contienen poderosos mensajes religiosos, místicos y cotidianos.
Los bienes de la Reserva están organizados por categorías y dispuestos en mobiliarios especiales diseñados para tal fin. Cada ficha de inventario y catalogación se va recopilando en la plataforma SIPCE del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural luego de su respectiva aprobación técnica. De esta forma las colecciones del Museo del Carmen Alto tienen un soporte digital a disposición del público a través de esta plataforma gubernamental. Es una situación temporal mientras se gestiona un sitio propio, pues la plataforma del SIPCE se limita al registro e inventario de bienes, además no es una plataforma para la gestión de colecciones.

Grandes y poderosos claroscuros al óleo, con marcos de formas labradas y brillantes, están guardados ordenadamente en “armarios”. Los elaborados textiles, usados para vestir la iglesia y las esculturas, estaban protegidos en cajones. Los libros y las publicaciones se caracterizan por sus bellas ilustraciones y su hermosa caligrafía. La colección de música es una de las joyas más preciadas de la Reserva, pues además de contener las partituras, dibujadas a mano, de Misas festivas y otros géneros musicales, es parte de un conjunto de rollos de radiola que nos dejan ver que en el convento también existían momentos de esparcimiento.

Editado por:
rafael.duarte.uriza
Agradecimiento especial:
Museo del Carmen Alto

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Introducción al grabado

Introducción al grabado

Martina Samaniego fue la primera persona a la que entrevisté en su espacio cuando empece con el proyecto de documentar talleres de artistas. Ubicado en las faldas del Ilaló. La gran ventana de su sitio permitía tener una conexión directa con el exterior. Desde el exterior se apreciaba lo hermoso de su taller. Su prensa, la luz y las plantas. La artista comparte sus conocimientos e inspira.

Era la última clase de grabado, el día de entregas. Martina me recibió junto a sus alumnos de la Universidad Católica. En un ambiente distendido. Sin mucha presentación me integré al grupo e intenté pasar desapercibido. Un rápido recorrido dentro del lugar sirvió para entender más sobre la técnica. Las diferencias. Los elementos que se usan en su proceso y los químicos para corroer las placas.

El taller forma parte de la carrera de artes y es una introducción a la técnica. Mientras esperábamos que se complete el grupo. Martina guiaba a los que aun estaban dando los últimos detalles. La prensa hecha en San Bartolo es una de las mejores, según la artista. Permite crear grabados de gran formato.

Los archivadores, elementos que se destacan en el lugar, guardaban trabajos de ésta y otras épocas.
Transmitir conocimientos posiblemente sea la mejor manera de enamorar. Enseñar es una llamado. Martina cerraba el ciclo conversando, uno a uno, hablaban sobre su experiencia. Los trabajos estaban sobre la mesa. El conocimiento aplicado. Para aprender es necesario un lugar sin jerarquías, donde se pueda responder a una pregunta con una sonrisa.

 

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Canela perdió el miedo

Canela perdió el miedo

La casa de Canela Samaniego se parece a un cubo blanco incrustado en la montaña resguardado por un bosque de eucaliptos. La construcción, emplazada en una ladera y concebida en un comienzo como cisterna fue, para su mamá, el hogar de soltera y, para Canela, lugar donde vivió de niña.

Al llegar me recibió escoltada de su perro “Che Factura”. El techo, que también funciona como parqueadero, tiene una vista panorámica hacia la ciudad. Unas gradas adornadas con hermosas plantas nos llevaron al ingreso de la casa de Canela. “Mis abuelos son argentinos, ellos emigraron en los setentas a Ecuador por la dictadura. Compraron una montaña cuando el barrio estaba poco poblado. Era un monte.

Lo primero que hicieron fue esto, era una cisterna”. La cisterna, poco tiempo después, se convirtió en el primer hogar de su madre a los 18 años, después fue el taller de su tía y luego fue alquilado por un tiempo. Ahora en el lugar viven Canela y Óscar, su pareja. Juntos rehabilitaron este espacio antes de viajar a Buenos Aires en 2013. El lugar lo comparten con Otto, un gato negro adoptado y Factura el perro que me recibió minutos antes. Mientras Otto jugaba con la correa de mi maleta, Canela preparaba un café, la luz entraba por la ventana y caía sobre las orquídeas florecidas.

Es arquitecta de profesión. Además de trabajar en la gestión para laBienal de Arquitecturaa Canela le gusta dibujar. Recientemente terminó un curso introductorio de novela gráfica en el Benjamín Carrión y actualmente está finalizando su primera residencia artística en Puerto Rico – Manabí, que trata sobre arte, comunidad, género e identidad. También se encuentra planeando una exposición en Ibarra y otra en Quito.
Su acercamiento con el dibujo fue en Buenos Aires, allí estudió en institutos y escuelas, luego se conectó con varios ilustradores y maestros quienes le enseñaron nuevas técnicas. En este proceso también se vinculó con un grupo de arquitectura popular: Habitar, que trabaja sobre la problemática del hábitat en contextos de desigualdad.
Al regresar a Ecuador forma parte del colectivo Licuadora Gestora. Y trabajó para gestar la Comuna Serigráfica. A la par y con el objetivo de superar el miedo, Canela emprende @canelasinmiedo, proyecto que tiene como motor principal “abrir el melón”. Desnudarse. Mostrar. Según la artista, a través de mucha terapia y bastante dolor, pudo superar éste proceso y actualmente se encuentra con ganas de compartir lo que hace.
“Ando como gitana con mi carpeta y mis lápices” – me decía mientras me mostraba sus ilustraciones, algunas con temática de género y otras cargadas de magia, como el hechizo que le había hecho a su hermano. Para Canela en el proceso de dibujar existe la opción de convencerse y reconocer las capacidades femeninas y sus poderes, por eso creó para él un dibujo de protección y con ello un lazo de relación íntima, única y real.

A mediano plazo existen planes de crecer. Junto a Óscar, su pareja, a quién lo conocí en su pichirilo retratado por Pedro Vásconez, construirán otra habitación con el fin de vivir en un espacio más cómodo junto a Otto y Factura, en medio del bosque y pegaditos a la montaña.

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Una esquina de Cuenca con mensajes de libertad

Una esquina de Cuenca con mensajes de libertad

Me llamo Río (@rioparkk) y soy de Cuenca- me dijo. Su trabajo esta conectado entre el performance, muralismo y ambientación de espacios. Sus mensajes sobre identidad y sexualidad están ubicados en lugares claves de la ciudad. Este viaje lo hicimos junto a KIKI (link)


Recuerdo haberme topado con la palabra Cuenca varias veces mientras organizaba mi viaje hacia España. Cuenca de España: es una ciudad en el centro-este del país ibérico protegido por una fortaleza medieval. Esta ubicado al tope de una gran roca, en la serranía, rodeada por los ríos Júcar y Huécar. Su característica principal son sus ‘casas colgadas’ estructuras ubicadas al borde de una pendiente.
¿No les suena familiar?


Fotografía obtenida en línea*
Estaba en Cuenca, Ecuador. Eran sus fiestas y Río estaba sentado bajo el mural que había hecho para el hotel Selina. Las líneas que se había dibujado en la cara acentuaban sus facciones. Su hablar se alejaba del acento local. Había vuelto de un largo viaje y su trabajo performance tocaba temas de identidad y sexualidad. Río fue el indicado para llevarnos a un recorrido por varios lugares del hotel.

Re crear

Cerca de una cava se encontraba el taller desde donde se recicló y re creó el hotel. El artista había sido parte del proceso. Junto a unos tableros que habían sido intervenidos, Río se hacía parte del lugar. Sus formas se encontraban en las habitaciones del hotel y se conectaban con algunos muros que había pintado por la ciudad.

Para acercarnos a su trabajo había que caminar.

Ese día Río era nuestro guía. Bordeamos las casas que gracias a la pendiente parecerían estar colgadas, abrazándose unas de otras al filo del río. El centro de la ciudad, aún habitado, es el lienzo perfecto para cargarlo de mensajes. El primer muro que me indicó Río era una colaboración con varios artistas y estaba lleno de formas que conectaban con las líneas que había visto antes.

Esa mañana llovía en la ciudad. El tiempo nos obligaba a detenernos bajo algún balcón, cerca de la entrada de algún negocio, para admirar los detalles de una ciudad que sigue conservando sus líneas y su ideología. A pesar del tiempo en el que va girando el mundo .

Bajo un portal, apenas a una cuadra del Parque Calderon un acordeonista había elegido el mural de Río para ubicarse y distraer a la gente que pasaba escuchando su música y leyendo los mensajes que el artista había dejado plasmado entre infinitas líneas de colores. Ellos se aman / Elles son novies. Un mural de Stefano Espinoza (@stephano_eg) complementaba el mensaje del artista. Mientras nos acercábamos a la zona más céntrica de la ciudad. El Parque Calderon, más marcas de Río. Una serie de stickers con temática queer decoraba una pared cerca de la gran puerta de la Catedral principal.

Cuenca de Ecuador: es una ciudad ubicada en el centro-sur del país sin la protección de ninguna fortaleza. Asentada entre montañas sagradas y cruzada por cuatro ríos con casas al borde de una pendiente. Con mensajes de libertad en sus paredes. La esquina donde es libre amar.

detalle de Río sobre la puerta de una casa Art Decó*